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Buenos
Aires-Argentina, 10 Mayo 2003
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Jorge Luis
Borges & María Kodama |
Libros
Detrás de toda gran máquina de
escribir...
Seis mujeres y seis fantasmas, o seis
creadores, o seis genios. Conversaciones con mujeres de
escritores, de José Tcherkaski, rastrea en los mundos privados
de las esposas de Roberto Arlt, Haroldo Conti, Héctor
Oesterheld, Héctor Tizón, Jorge Luis Borges y Juan Carlos
Onetti. |
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Por
María Moreno
–¿La señora Shine?
–Sí, ¿quién es usted?
–Mi nombre es José Tcherkaski.
–¿Y?
–Soy periodista y quisiera entrevistarla.
–¿Por qué a mí?
–Si no me equivoco, usted estuvo casada con Roberto Arlt.
–Ah, eso. Déjeme pensarlo. Usted sabe, tengo 94 años.
–Piénselo.
–Bueno, venga a visitarme el viernes y tráigame una rosa.
–¿Una rosa? Encantado.
–¿Sabe? Arlt siempre me regalaba claveles y yo los detesto.
José Tcherkaski dice que, de las seis entrevistas que componen
su libro Conversaciones con mujeres de escritores, editado por
Biblos, la que le realizó a Mary Shine de Arlt es su preferida.
Hay en esa inglesa desenvuelta e insolente un tono de comedia y
de qué me importa sobre la obra de su marido que la convierten
en la versión criolla de Helga, la esposa de Olaf el Vikingo,
esa mujer de historieta que, cuando su marido le contaba que
acababa de conquistar París, respondía: “Sí, pero estás
ensuciándome el felpudo”. Las entrevistas a Marta Scavac, María
Kodama, Elsa Oesterheld, Dorotea Muhr y Flora Guzmán despliegan
diferentes tonos que oscilan entre la ironía afectuosa, el
dolor congelado y la evocación maternal.
Cancerberos de la obra notable o guardianas de la memoria del
hombre más allá de su condición de autor célebre, casi
siempre muy activas en la construcción de sus personajes, las
seis entrevistadas transmiten de diversos modos la certeza de
haber sido fundamentales en la misión que antaño cumplían las
musas y las secretarias. Ante el entrevistador, Marta Scavac
evocará a un Haroldo Conti anterior a la tragedia, una historia
de amor marcada por la relación maestro-alumna, una declaración
de una mujer decente a un Don Juan, la prisión de la amante por
orden de un marido, un sobrenombre literario (Diadorin) y una
tragedia donde ella antepone la pérdida del autor al deseo de
trascendencia de sus libros. María Kodama se resiste a salir de
la página pautada con que relatará una y otra vez su vínculo
con Borges, pero la capacidad de Tcherkaski para generar un mínimo
de hostilidad a través de una posición que parece
desinteresarse por los trapitos al sol y la confesión en el
sentido pecaminoso y amarillista del término permiten a éste
acceder a registros íntimos inéditos. Dorotea Muhr mostrará
esta vez a un Juan Carlos Onetti menos extravagante que fóbico,
y confirmará la amistad de éste con Mario Benedetti, algo que
había sido puesto en duda por aquellos que, con razón, no
pueden hacer conversar la obra de ambos. Flora Guzmán, esposa
de Héctor Tizón, será la cónyuge más independiente, si se
quiere, “más suya”, alguien de prestigio en su propio
espacio literario, aunque –en la evocación de Tcherkaski–
con una no tan soterrada vocación de actriz. Elsa Oesterheld
utiliza la entrevista paraexplayarse en su visión crítica
sobre la experiencia revolucionaria con una confianza que dice
no haber alcanzado en las zonas solidarias de los derechos
humanos. Y el entrevistador se enamora de ella.
Si es mujer ponele Rosa
Roberto Arlt murió en 1942. El duelo de Elisabeth Mary Shine
está atemperado, la imagen querida del escritor se reescribe en
ella a través de recuerdos cómicos, bohemios, casi de teatro
de bulevar con piñas en la calle y venganzas a lo película de
Juan Carlos Thorry y Mirtha Legrand.
–A mí no me gusta la investigación –dice Tcherkaski–,
salvo cuando se trata de buscar al personaje, como me pasó con
Elisabeth Shine.
–¿Cómo fue el rastreo?
–Alguien me había dicho que vivía. Pero lo único que sabía
era que tenía un apellido inglés. Calculé por la edad que no
podía vivir sola. Entonces me incliné a pensar que estaba en
un geriátrico, ya que los ingleses tienen unos muy buenos.
Agarré la guía. Llamé a un lugar preguntando si vivía ahí.
Me dijeron que no, pregunté en otras direcciones posibles hasta
que me dijeron: “Está acá”. Me dieron con ella. Decirle:
“Habla José Tcherkaski”, era lo mismo que decirle que
hablaba un navegante venido de Singapur. Cuando convenimos que
me recibiría si le llevaba una rosa, compré una de quince y
llegué hasta el geriátrico. Después me dijo que le hubiera
gustado llamarse Rosa y que si Arlt le regalaba claveles era por
los muchos que debía haber regalado cuando estuvo en España.
Durante la entrevista, los otros habitantes del lugar estaban
jugando al bingo. Se escuchaba de vez en cuando: “¡Number
two!” “¡Yeeeeeees...!” “No nos dejan hablar”, me decía
ella coquetamente. Enseguida me di cuenta de que no había que
seguirla por la inteligencia sino por la belleza. Halagarla. Lo
que más me llamó la atención es que la obra de Arlt le
importaba un carajo –ella estaba enamorada de él–. Y luego
la displicencia. Era una insolente. A veces me decía: “Estoy
cansada, venga otro día”. Y yo siempre con la rosa. Ahora la
invité a la presentación del libro y ella me dijo: “Ay,
Tcherkaski, no sé si voy a poder ir porque he dejado de ser un
pimpollo: me han sacado tres dientes”.
A Elisabeth Mary Shine le gustaba Roberto Arlt porque era buen
mozo, alto, robusto, descuidado y faltó que haya dicho
“porque era bien macho”, y no por ser un miembro de la
craneoteca argentina. Un párrafo de la entrevista:
–El me regaló Los siete locos. Yo lo leí y no me gustó. Leí
la primera parte y lo dejé, en cambio le regalé a él Elogio
de la locura de Erasmo de Rotterdam.
–¿Y a él le gustó?
–No.
–¿Por qué le regaló ese libro?
–Porque yo pensé: “Si él me regala algo de locos, yo le
voy a regalar algo de locos a él”.
–...
–¿Con usted se enojaba mucho?
–Uh... La primera vez que nos enojamos, decidimos terminar
para siempre y dejamos de vernos dos días. Hasta que una noche,
a las tres de la mañana sonó el timbre de la puerta de calle:
era Arlt que venía a arreglar las cosas. Después de eso, si
hubiera sido un gato con setenta y siete vidas, las hubiera
perdido todas porque nos peleábamos continuamente. El tenía su
carácter y yo el mío.
–¿Alguna vez tuvieron una pelea violenta o solamente eran
palabras?
–Uf... a cachetadas y en la calle, delante de todo el mundo.
–¿Usted lo amó?
–Mucho. Ahora, la vez más brava en que nos peleamos, él pidió
hablar con los ingleses –así llamábamos a la gente de la
editorial–. Habló con eldirector de su diario, con Carlos Sáenz
Peña, para hacer una gira por todos los países de América de
la costa del Pacífico. Le dieron la autorización.
–¿Se fue?
–Sí, para Chile, pero yo tuve la suerte de ganarle. Resulta
que mi director pescó una tos convulsa que le trajo su hija del
colegio y nos pasó la enfermedad al jefe de avisos y a mí.
Tuve que soportar la tos convulsa y las bromas de mis compañeros,
que me decían: “¿Cuál de los dos te contagió la tos
convulsa, Bouché o Robirosa?”. Robirosa era el jefe de
avisos. El doctor Florencio Escardó, que escribía en El Hogar,
dijo que para curar la tos convulsa lo que más me convenía era
hacer un viaje en avión, aunque fuera subir, dar una vuelta y
bajar, o ir a Córdoba. Yo no pensaba viajar en avión... ¡Dios
me libre de eso! Me daba espanto, era muy poco común viajar en
avión. La prueba es que mi marido se fue a Chile en tren. Pero
yo le gané porque dos días antes de que él se fuera me fui a
Córdoba con mi madre, a Unquillo, donde Bouché tenía una cuñada
que junto con su marido habían puesto una hostería. Entonces,
cuando Roberto Arlt me dejó plantada y se fue a Chile, yo lo
dejé plantado a él y me fui a Unquillo.
A esta celosa le encantaba posar de mujer moderna. Una vez se
fue a comer lentejas con el escritor Roberto Ledesma a una fonda
que quedaba frente al Parque Saavedra –su casamiento con Arlt
permanecía en la clandestinidad porque su condición de casada
podía poner en riesgo su empleo a raíz de la posibilidad de
quedar embarazada–. Luego, los dos periodistas pobres se
fueron a correr por el parque. El la invitó a ir a una posada,
nombre que se usaba entonces para los albergues transitorios.
Ella dijo que sí con la condición de poder elegirla. Ledesma
se entusiasmó con la soltura de esa jovencita que parecía tan
seria y seguramente sospechó –sospecha a su vez Elisabeth–
que ella cobraría alguna comisión en el lugar. Luego le
preguntó: “¿Me podría decir a cuál?”. Ella le contestó:
“Vamos a ver La Posada del León”, una obra de Rega Molina
que se estaba dando. Con el mismo estilo, no cede a las
provocaciones de Tcherkaski:
–No sé si es cierto, pero dicen que el gran amor de Arlt
fue...
–Maruja Romero.
–¿Quién fue Maruja Romero?
–Una chica que conoció en un tren.
–¿Usted ya estaba casada con él?
–No, fue mucho antes, pero siempre la recordó, siempre,
incluso cuando estaba conmigo. Maruja Romero es una chica que
nunca se borró de su memoria.
–¿Era una pianista?
–Sí. Le dedicó El amor brujo y otro libro al cual le puso
una dedicatoria y lo llevó a su casa. El estaba con Carmen, su
primera mujer, y tuvo la ingenuidad de arrancar la página donde
estaba la dedicatoria. Naturalmente, Carmen se dio cuenta de que
faltaba la primera página, compró el libro y leyó la
dedicatoria a Maruja Romero. Fue el amor de su vida. Mirta no lo
reconoce, yo sí.
–¿Usted cree que amó más a Maruja que a usted?
–Me parece que sí.
–¿Le duele saberlo?
–No. Yo amé a otros hombres antes de conocerlo a él. ¿Por
qué no? Mi primer amor era un cadete de la Escuela Naval; después
no. Tuve pequeñas simpatías sin importancia. Cuando me cansaba
de ellas, plantaba.
Elisabeth Shine retrata a un Roberto Arlt capaz de comerse una
corvina con salsa de anchoas y un flan hecho con seis huevos y
luego protestar: “Decile a tu drema que cocina muy mal, la
comida de anoche me hizo mal”, a quien un vendedor de perros
le sugiere que su mercadería no es para élporque le nota pinta
de atorrante, un soñador que compraba dos terrenos para hacerse
una casa y dejaba de pagar las cuotas en la mitad, pero que
continuó siendo socio del Círculo de Prensa para que su futuro
hijo tuviera el beneficio de una obra social. La aventura de
fabricar medias irrompibles mediante lo que Elisabeth llama
“una mezcolanza de látex” imprime a su voz un dejo de
rencor; recuerda Tcherkaski:
–El ganaba en La Razón 500 pesos, más lo que recibía por
los libros y colaboraciones, y nunca la sacó de la vida de
pensión. A Mirta Arlt no la quiere nada. “La detesto”, me
dijo con naturalidad, como detesta que ella haya concluido la
obra de teatro El desierto entra en la ciudad. Del hijo que tuvo
con Arlt habló muy poco. Sé que se llama Roberto, que es
bibliotecario y que cuando le preguntan por el padre, contesta
como Isabelita: “No me atosiguéis”. Ella se peina como Arlt
aunque en el día de la entrevista se disculpó porque se había
tijereteado la onda. Le molestaba –me dijo– porque le estaba
llegando a la ceja. Elisabeth sostiene que Arlt se peinó con la
onda una sola vez y por la sugerencia de un fotógrafo de La
Casa del Pueblo, que le hizo una foto. Así nació el famoso
“mechón arltiano”. En general se peinaba a la cachetada con
la gomina británica Brancato.
¿Cuál es el método de José Tcherkaski para dejar a la gente
“sin ropita”, como lo acusó Flora Guzmán? Para él una
entrevista tiene que ser lo contrario a un match de boxeo. La
define como al arte de estar ausente para hacer presente. Cuando
cuenta sus procedimientos, describe su posición como la de un
muerto, un mudo, una sombra. A veces se reconoce en la actitud
de un psicoanalista, sólo que elude toda interpretación. Otras
se piensa a sí mismo como alguien que habla desde el lugar del
público. Con una curiosidad legítima, por eso sus preguntas
suenan verdaderas. Al hacerlas, nunca va más allá del pedido
de una precisión de los detalles, de una asociación
disparadora. El sentido de lo popular que le hizo triunfar como
autor de canciones como “Mi viejo” o “Juan Boliche” le
permite saber cuál es la ocasión para meter la pregunta
espinosa –nunca deliberada sino producto de una lógica
interior al diálogo mismo– o “comprar” al difícil que se
retacea.
Tcherkaski es autor, amén de varios hits populares, de varios
libros de reportajes como El teatro de Jorge Lavelli, Copi,
homosexualidad y creación y Torrijos por Torrijos.
–Entrevistar es mirar y escuchar. No establecer ningún vínculo.
Lo que siempre me preocupa es encontrar la primera pregunta. A
medida que va girando la respuesta, voy trabajando. Y cuando el
otro se queda en silencio y se produce una gran incomodidad, es
él quien se ve obligado a seguir hablando. Con Fangio hicimos
una especie de campeonato de silencio. El entrevistador debe
funcionar como un disparador. También trabajo con la ausencia
como compositor. “Mi viejo” ocupó un espacio en un país
donde nunca se habló del padre, siempre de la madre. Cuando la
canción pegó en todo el mundo, me di cuenta de que había
tocado el inconsciente colectivo. Hoy la gente la silba y no
sabe qué está silbando, tampoco de quién es.
Otras flores,
otra que musas
Flora Guzmán es la única de las entrevistadas que no es viuda:
en
Yala, Héctor Tizón sigue matizando la escritura y el ejercicio
de la abogacía con asados “hechos sólo con animales de
cuatro patas”, siestas y conversaciones medidas de huraño.
–Cuando fui a entrevistar a Flora Guzmán de Tizón, no sabía
que esa casa a la que llegué, muy paqueta y con buenos cuadros,
era la de su prima Cristina. Me acuerdo de que estaba esperando
en el living y de que había un desnivel, algo que tenía el
aspecto de un escenario en cuya boca se veía un pasillo que,
supuse, venía de la zona de los dormitorios. De pronto vi
avanzar, como desde la cuarta pared y muy lentamente, a
unaespecie de estrella de cine de los años ‘40 envuelta en lo
que me parecieron unos metros de gasa... ¿Cómo se llama eso?
–¿Un foulard?
–Un foulard que ella dejaba caer y se acomodaba a cada rato.
Muy coqueta, se recostaba en el sofá y me lanzaba golpes de
seducción: “¡Ay, qué preguntas tan intensas me hace, usted
es terrible!”. Todo en un tono de comedia. Cada respuesta era
una actuación. Todo empezó como una entrevista académica y
terminó como si fuéramos dos locas bailando un baión. Tuve la
impresión de que la relación con su marido no era del brazo y
por la calle, pero que lo quería mucho. Me mostró con mucha
seriedad un escrito que Tizón le dictó luego de un infarto,
algo que guarda como un talismán. Pero tuve la impresión de
que en Flora lo académico es su vida y lo frívolo, su sueño.
Flora Guzmán no puede recordar en que momento conoció a Héctor
Tizón. El era el hijo del jefe de estación de Yala, ella era
una chica de buena familia interesada en la literatura. Con el
tiempo vio crecer esos textos que llegaron a ser recogidos en
obras completas, sin complacerse con todos y aconsejando sobre
sintaxis, registrando las marcas de la influencia del quechua
sobre el español, ejerciendo en casa su profesión de lingüista.
Pero está lejos de suponerse una interlocutora esencial de su
marido. Ella se dedica a la crítica literaria, aunque no haya
podido ocupar un cargo en esa materia cuando ella y Tizón
regresaron del exilio en 1982. “Ese año no encuentro trabajo,
y cuando puedo entrar en la universidad, me encuentro con que
estoy flanqueada de procesistas, y que a mí me han puesto ahí
por un especie de touch democrático. Cuando dije que me
interesaba la teoría literaria, me dijeron: ‘Imposible,
tenemos compromisos ya’, como si estuviéramos en Harvard, más
o menos; entonces me dijeron: ‘Si querés, llevá lingüística’.
Y ahí me volqué en eso que en realidad no me apasiona.”
Se habían ido porque los amigos “caían” todos los días,
porque se decía que en sus campos había entrenamiento de
guerrilleros, porque en la escuela se hablaba de subversión y
ella se levantaba de noche ni bien ladraban los perros mientras
Tizón decía ingenuamente: “¿Qué puede pasar? Si vienen,
les digo que yo siempre he sido radical”. Cable a tierra, pero
con una vida independiente de su marido, de todas las
entrevistadas ella es la que menos se atiene a aceptar un lugar
de albaceas en vida de una obra notable.
En cambio, Dorotea Muhr (Dolly de Onetti) fue la secretaria, la
abrepuertas, el brazo derecho de un hombre que vivía decúbito
dorsal mientras ella se las arreglaba para seguir usando sus
propios brazos para tocar el violín. Para Tcherkaski, Onetti se
pasó catorce años en la cama, rodeado de botellas. Aunque
sospecha que, más que estar en la cama, Onetti lo que hacía
era no salir de su casa para cultivar un personaje. Seguramente
se metía en la cama cuando venía alguien –se imagina–. En
realidad era un fóbico.
“Cuando ganó el Cervantes, Juan –dice Dorotea Muhr– tuvo
que hablar durante una presentación en Alcalá de Henares. Allí
tuvo que dar un discurso que le costó horrores. Juan empezó a
hablar en público cuando llegó a España y le costó mucho.
Tuvo que dar una conferencia en el Instituto de Cultura Hispánica
y lo pasó tan mal que lo mandaron en auto a dar una vuelta por
España conmigo para distraerse un poco y lo único que hacía
era hablar con el chofer, que había leído a Cervantes. Cuando
llegábamos a lugares maravillosos como Sevilla o Granada, Juan
subía al dormitorio y leía, mientras el chofer me llevaba a mí
a conocer. Cuando teníamos que abandonar una ciudad, Juan decía:
‘¿Dónde tenemos que ir ahora?’, como cumpliendo una
condena, y estábamos en Sevilla, en medio de la fiesta de la
Semana Santa, que es increíble, y yo le contaba a Juan lo que
veía y él me decía: ‘Lo sé mejor a través tuyo’.”
Este es el relato de Marta Scavac sobre los comienzos de su
relación con Haroldo Conti. El era su profesor de latín en un
liceo nocturno, un tipo adulado al que festejaban como autor
reconocido. Ella era mala alumna. A raíz de un problema de
columna, un día comenzó a retorcerse en su asiento. El la
increpó: “¿Qué le pasa? ¿No le interesa lo que digo? Váyase”.
Ella deseó contestar, pero su timidez se lo impidió. A
terminar la clase, corrió detrás del profesor del que se decía
que detrás de su talento había un loco de la guerra y le
explicó a los gritos que quién se creía que era, ella sufría
de la columna. El se desarmó y le confesó sus propios dolores:
unas terribles jaquecas. Ella lo odió igual. Hasta que un día
una amiga le prestó Alrededor de la jaula. Lo que le sucedió
la dejó tan asustada que, temblando, corrió a confesarse a su
madre: se había enamorado de un libro. Decidió declarársele
al autor, con fama de Don Juan.
Consiguió su teléfono y lo llamó. El pensó que era un
levante; ella, que era una boluda. Tenía 26 años y era casada,
muy ingenua. Acudió a la cita con una amiga delante de la cual
se pensaba confesar ante ese flaco alto que pasó a recogerla en
su coche a las siete de la tarde en Callao y Corrientes. Pero
cuando ella subió al coche, la amiga no la siguió –era
sabia–. Rumbearon para el Tigre. Se sentaron ante un lemon pie
y ella dijo: “Profesor, yo estoy enamorada de usted y quería
decírselo”. El dejó en el aire la cucharita con que recogía
su lemon pie. Todo fue entonces discreto, sólo que coronado por
una frase final de él cuando ella se bajó del auto: “Ahora
que la conocí, no quiero perderla, Marta”. Y no la perdió,
aunque tuvo que sacarla de la cárcel cuando ella volvió de la
casa de su madre, adonde se había refugiado de la casa
conyugal. Tenía que buscar algunas cosas de los chicos. Y
arregló con su marido que una mucama le alcanzaría la llave.
“Cuando abro la puerta, entran un montón de policías, con
armas largas. Yo alcanzo a levantar las manos, por esa cuestión
de instinto, y dije la frase mágica: ‘Soy la dueña de casa,
no tiren’. Me esposaron a mí, esposaron a mi hermano, nos
llevaron esposados abajo. ¿Qué había pasado? Mi marido estaba
en combinación con esta mujer, que llama a la oficina para
decirle que ya estábamos en la casa con mi hermano (el
departamento era muy grande, llama, yo ni me entero), y él a su
vez llama a la policía, diciéndole que había ladrones muy
peligrosos en su casa.” Conti, por intermedio del marido de
Marta Lynch, que era abogado, la sacó de la prisión que sufrió
en una comisaría de la que estaba a cargo el comisario Rossi,
un torturador que luego fue asesinado por una organización
armada. Para Marta, aquello fue un anticipo, una suerte de
profecía de la desaparición de Haroldo, ocurrida años más
tarde, en tiempos en que ese ateo de las instituciones
religiosas, todas las noches, acostumbraba tocar la frente de su
hijo Ernesto y rezar en latín.
En Conversaciones con mujeres de escritores, María Kodama logra
pasar los propios controles y dar cuenta de un Borges que, aun
cerca de la muerte, busca goce a través del lenguaje. “Cuando
llegamos a Ginebra, me dijo: ‘María, tenemos que llevar la
misma vida que en Buenos Aires. No debemos dramatizar nada de
esta situación. Busquemos a un profesor para seguir aprendiendo
japonés. Así después usted continúa y yo cesaré en el
momento en que los dioses decidan’. Me puse a buscar un
profesor de japonés. Había un instituto, pero no permitía a
los profesores dar clases particulares. Decidimos buscar por el
diario. Allí encontramos el aviso de un profesor egipcio que
daba clases de árabe. Le dije: ‘Borges, ¿no le interesaría
tomar clases de árabe?’. ‘Llámelo ahora mismo’, respondió.
Al hacerlo, el hombre notó que era extranjera. Preguntó para
qué quería tomar clases de árabe, yo no había tomado
conciencia de la hora que era: las once de la noche. En Europa
nadie llama por teléfono a esa hora. Le expliqué que era
profesora de literatura y que en mi país no tenía oportunidad
de aprender árabe. Quiso saber donde debía darme clases. Le
dije que estaba en un hotel. En ese momento, el teléfono se
quedó mudo. Eldomingo, cuando llegó, le comenté que había
otro señor que también iba a tomar las clases. Al egipcio se
le dilataban los ojos cada vez más. Cuando vio a Borges, se
largó a llorar, había leído su obra transcripta al árabe.”
La entrevista a Elsa Oesterheld tiene su propia identidad dentro
del libro, no sólo por su tono y por la tragedia que narra sino
porque su estructura podría dar origen a una obra teatral, ya
que el peso de lo dicho y aunque Tcherkaski se comprometa a través
del encuentro en una dimensión paraperiodística. Elsa dice
haber visualizado la escalada de violencia, acusa a la
dirigencia montonera por su política de exposición de los
cuerpos de sus militantes y luego cómo se siente sola en los
organismos de derechos humanos. Con lucidez exige la autocrítica,
pero insiste en responsabilizar a Pablo Fernández, amigo de su
casa, de haber arrastrado a Oesterheld y a sus hijas a un
compromiso que ella vio riesgoso desde la ejecución de
Aramburu. Y recuerda con estupor el encuentro con Graciela Fernández
Meijide cuando fue a llevar sus denuncias a la Asamblea
Permanente de Derechos Humanos: “Llevé cinco historias,
porque eran mis yernos también. Yo las puse a todas y entonces
le dije: ‘Esto es lo que me está pasando a mí; dos de las
chicas estaban embarazadas’. No sé que decirte porque miró,
me dijo que lo iba a leer... Yo esperaba encontrarme con una
persona muy cálida, me resultó muy fría; es la impresión que
me dio. (...) Yo creo que no le importó nada. Se lo transmitió
todo a otra persona, que era un muchacho ayudante de ella, que
después se hizo muy amigo mío. Ahora lo he dejado de ver, pero
en realidad no movieron un dedo por mí hasta que llegó la
Conadep”.
–Elsa es una ama de casa sensata que narra desde alguien a
quien se le destruyó la familia –recuerda Tcherkaski–. No
estoy de acuerdo con la influencia decisiva de Fernández Long
sobre Oesterheld. Creo que el cambio de él, su radicalización,
es paralela a la de las hijas. No se puede convencer a nadie que
de antemano no está dispuesto. Lo que me sorprende de Elsa es
que el dolor para ella es una herramienta que le da motivo de
vida. Perdió cuatro hijas, un marido, dos yernos y dos nietos.
Pero siente que tiene que contar su verdad y, a diferencia de
otras verdades, la de ella está en estado de sospecha. Sin
embargo, es una celosa guardiana de la obra de Oesterheld. Con
Marta no ocurre. Se quedó en el dolor.
Conversaciones con mujeres de escritores se recorre creyendo
escuchar, a través de los tonos y los registros narrativos,
voces de mujeres enamoradas, pero que han sido transcriptas al
modo de una traducción sensitiva que le debe todo a la
escritura. Por eso la insistencia de Tcherkaski en privilegiar
su trabajo sobre el clima y la transferencia durante el momento
de la entrevista es discutible. Y es notable que, a pesar de
proponerse como un entrevistador austero que marca la distancia
y jamás fuerza las circunstancias, también sepa “pasarse del
otro lado” para dar cuenta de una insoportable emoción
propia. Por ejemplo cuando, al final de la entrevista a Elsa
Oesterheld, declara sin temor a la vergüenza, con la
irresponsabilidad de sucumbir a un momento verdadero: “Yo te
voy a decir algo... Yo hice muchas entrevistas, pero en ésta he
quedado perdidamente enamorado de vos porque realmente sos un
homenaje a la vida”. |
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