José

Tcherkaski

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Isabel Cigliutti

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Mucho se ha escrito, sobre todo en Francia, acerca de Laveli y su enfoque de la puesta en escena. Casi siempre, esos estudios resultan ilegibles y prácticamente ininteligibles, entre otras razones por dos prejuicios de moda: el uso insensato de la jerga estructuralista, y la noción de que algo, para que sea profundo y valioso, debe ser oscuro.

Nada de esto en el trabajo de José Tcherkaski. Buen entrevistador, tiene la suprema virtud de dejar hablar al entrevistado, limitándose a excitar su interés (y el del hipotético lector) con preguntas oportunas. El resultado está a la vista: es el recorrido fascinante por la mente de un creador, mostrando cómo ocurre la creación, con las palabras mismas del sujeto de esa misteriosa operación espiritual que es la poesía.

Se equivocaría quien imaginase que un texto semejante tiene valor únicamente para la gente de teatro, o para el amateur de teatro. Precisamente, Tcherkaski consigue algo poco habitual: mostrar cómo el artista no vive, en modo alguno, de los elementos propuestos por el reino de las apariencias concretas, se lanza a explorar los desconocidos territorios de más allá, de lo oculto. Peligrosa empresa, alquimia llena de riesgos, pero en absoluto sobrenatural, ni mágica: es perfectamente natural, es rigurosamente humana, es de aquí y ahora, sólo que hacia adentro en lugar de afuera, sólo que simultáneamente hacia arriba y hacia abajo.

Lavelli se nos presenta así como "mi semejante, mi hermano". Más entrañable aun por ser argentino y no haber perdido, en más de veite años de residencia en Francia, ni una chispa de su irónico humor porteño. A su lado, con inteligente modestia, José Tcherkaski asume el papel de cronista de la expedición. Digamos, simplemente, que su labor está a la altura del protagonista.

Buenos Aires, 1983.

ERNESTO SCHOO