| Mucho se ha escrito, sobre
todo en Francia, acerca de Laveli y su enfoque de la puesta en escena.
Casi siempre, esos estudios resultan ilegibles y prácticamente
ininteligibles, entre otras razones por dos prejuicios de moda: el uso
insensato de la jerga estructuralista, y la noción de que algo, para
que sea profundo y valioso, debe ser oscuro.
Nada de esto en el trabajo de José
Tcherkaski. Buen entrevistador, tiene la suprema virtud de dejar hablar al
entrevistado, limitándose a excitar su interés (y el del hipotético
lector) con preguntas oportunas. El resultado está a la vista: es el
recorrido fascinante por la mente de un creador, mostrando cómo ocurre
la creación, con las palabras mismas del sujeto de esa misteriosa
operación espiritual que es la poesía.
Se equivocaría quien imaginase que un
texto semejante tiene valor únicamente para la gente de teatro, o para
el amateur de teatro. Precisamente, Tcherkaski consigue algo poco
habitual: mostrar cómo el artista no vive, en modo alguno, de los
elementos propuestos por el reino de las apariencias concretas, se lanza
a explorar los desconocidos territorios de más allá, de lo oculto. Peligrosa empresa, alquimia llena de riesgos, pero en absoluto
sobrenatural, ni mágica: es perfectamente natural, es rigurosamente
humana, es de aquí y ahora, sólo que hacia adentro en lugar de
afuera, sólo que simultáneamente hacia arriba y hacia abajo.
Lavelli se nos presenta así como
"mi semejante, mi hermano". Más entrañable aun por ser
argentino y no haber perdido, en más de veite años de residencia en
Francia, ni una chispa de su irónico humor porteño. A su lado, con
inteligente modestia, José Tcherkaski asume el papel de cronista de la
expedición. Digamos, simplemente, que su labor está a la altura del
protagonista.
Buenos Aires, 1983.
ERNESTO SCHOO |